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Monitorizando esta semana: Evolución estratégica en el Sahel y desinformación en Europa

Violencia sexual como táctica terrorista en el Sahel.

Resumen. 
 

La violencia sexual relacionada con el conflicto en el Sahel se ha consolidado como una táctica deliberada de dominación y control territorial. Grupos yihadistas como Jama’at Nusrat al Islam wal Muslimin, el Estado Islámico en el Gran Sahara, Boko Haram o la Provincia de África Occidental del Estado Islámico combinan matrimonios forzados, secuestros y violaciones en grupo para someter comunidades, castigar colaboraciones reales o percibidas con el Estado y demostrar poder sobre el territorio. A estos actores se suman grupos de autodefensa comunitaria, fuerzas estatales y milicias progubernamentales, en un contexto de impunidad generalizada y subregistro sistemático.

El documento se organiza en tres capítulos. El primero analiza la violencia sexual como táctica de control social y político, con especial atención a los patrones diferenciados según actor armado. El segundo explora su dimensión económica y su vínculo con las economías de guerra, el desplazamiento forzado y la precariedad de los asentamientos. El tercero formula una agenda operativa de protección que combina cambios legales, fortalecimiento institucional, financiación adecuada, trabajo comunitario y compromisos verificables de los actores de seguridad.

Palabras clave: 

Sahel, violencia sexual, grupos armados, economías de guerra, protección de civiles.

 

 

Abstract:

Conflict-related sexual violence in the Sahel has become a deliberate tactic of domination and territorial control. Jihadist groups such as Jama’at Nusrat al Islam wal Muslimin, the Islamic State in the Greater Sahara, Boko Haram and the Islamic State West Africa Province combine forced marriages, abductions and gang rape to subjugate communities, punish real or perceived collaboration with the state and display power over territory. They operate alongside community self-defence militias, state forces and pro-government armed groups in a context marked by entrenched impunity and systematic underreporting.

The paper is structured into three chapters. The first examines sexual violence as a tactic of social and political control, with a focus on the distinct patterns associated with different armed actors. The second explores its economic dimension and its links with war economies, forced displacement and the precarious conditions in camps and informal settlements. The third sets out an operational protection agenda that combines legal reform, institutional strengthening, adequate and flexible funding, community-based work and verifiable commitments by security actors.

 

 Keywords:

Sahel, sexual violence, armed groups, war economies, civilian protection.

 

 

*NOTA: Las opiniones contenidas en este documento son responsabilidad de su autora, sin que necesariamente concuerden con las líneas de pensamiento de Minerva Institute

Para citar este artículo (APA 7.ª edición)

 

 Para citar este artículo (APA 7.ª edición)

Díaz Delgado, A. I. (2025). Violencia sexual como táctica terrorista en el Sahel. Minerva

 

Institute. Documento de información 37/2025. Enlace https://www.minervainstitute.es/ Consultado 13/11/2025

 

 

 

 

Introducción.

La violencia sexual vinculada a conflictos armados se ha estudiado durante décadas, pero el caso del Sahel presenta una combinación especialmente preocupante de factores. La expansión de grupos yihadistas, la fragmentación de la autoridad estatal, la proliferación de milicias comunitarias y el aumento del desplazamiento forzado han creado un entorno en el que los cuerpos de mujeres y niñas se han convertido en un espacio de disputa directa por el poder.

En regiones como el Liptako Gourma y el entorno del lago Chad se observa un patrón recurrente. Allí donde la presencia del Estado es débil o intermitente, los actores armados no estatales llenan el vacío mediante una combinación de coerción, provisión selectiva de servicios y control de la movilidad. La amenaza o el uso efectivo de la violencia sexual forman parte de ese repertorio de control. No se trata de episodios aislados atribuibles únicamente a la indisciplina de determinados combatientes, sino de prácticas funcionales a la consolidación del dominio territorial.

Cada agresión cumple varias funciones al mismo tiempo. Daña a la víctima y a su entorno más cercano, pero también envía un mensaje disciplinario al conjunto de la comunidad. Sirve para castigar colaboraciones reales o supuestas con el Estado o con actores rivales, para humillar al adversario y para fracturar la cohesión social. En este escenario, la violencia sexual se utiliza como castigo colectivo, como mecanismo de reclutamiento mediante matrimonios forzados, como instrumento de expulsión de poblaciones consideradas hostiles y como recurso para imponer normas sociales propias.

El fenómeno es multiactor, grupos como Jama’at Nusrat al Islam wal Muslimin instrumentalizan los matrimonios forzados y la cooptación de familias a través de dotes y vínculos de parentesco. El Estado Islámico en el Gran Sahara recurre con mayor frecuencia a violaciones en grupo durante incursiones punitivas contra comunidades acusadas de colaborar con el Estado. En el entorno del lago Chad, Boko Haram y la Provincia de África Occidental del Estado Islámico mantienen un patrón sistemático de secuestro de niñas y mujeres para esclavitud sexual, explotación doméstica y matrimonios forzados. A ello se suman los abusos documentados por parte de grupos de autodefensa, de fuerzas estatales y de milicias progubernamentales, con una impunidad especialmente elevada cuando los perpetradores pertenecen a estructuras oficiales o aliadas.

La magnitud real del problema se oculta tras un subregistro persistente. El miedo a represalias, el estigma social, la falta de confidencialidad y la distancia a los servicios de salud y justicia silencian un número desconocido de casos. Las brechas en la cadena de custodia forense y la ausencia de mecanismos de protección de testigos dificultan la documentación rigurosa de los hechos. Incluso así, las cifras disponibles apuntan a incrementos significativos en incidentes documentados de violencia sexual relacionada con el conflicto y en consultas por violencia sexual en centros de salud de zonas controladas por grupos armados en Burkina Faso, Mali y Níger.

Al mismo tiempo, la violencia sexual se inscribe en las economías de guerra que sostienen a estos actores. Las dotes exigidas en matrimonios forzados, la extorsión en puntos de control, los llamados impuestos de paso, las redes de trata y el secuestro de personal humanitario generan ingresos y refuerzan la capacidad de coerción de los grupos armados. El desplazamiento masivo y la precariedad de los asentamientos, con servicios básicos insuficientes y rutas diarias peligrosas hacia pozos, mercados y escuelas, multiplican la vulnerabilidad de mujeres y niñas.

Ante esta realidad, la respuesta no puede limitarse a la asistencia puntual tras la agresión. Resulta necesario articular estrategias que conecten prevención, atención integral, justicia y transformación de las estructuras de poder que permiten a los perpetradores actuar sin coste real. Este documento, elaborado en tres capítulos, persigue ese objetivo. El primero se centra en la violencia sexual como táctica de control y en los patrones diferenciados según actor armado. El segundo aborda su dimensión económica y su vínculo con el desplazamiento forzado y con la debilidad de los servicios básicos. El tercero propone una agenda operativa de protección para gobiernos, donantes, organizaciones humanitarias, actores de seguridad y comunidades, con indicadores orientativos para medir avances.

En conjunto, el texto busca aportar una lectura estratégica de la violencia sexual en el Sahel que combine análisis de contexto y propuestas concretas de actuación, siempre desde una perspectiva centrada en las personas supervivientes y en su derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación.


Conclusión.

El análisis de la violencia sexual en el Sahel muestra que no estamos ante un fenómeno marginal ni anecdótico. Se trata de una táctica deliberada que combina dimensiones militares, políticas, económicas y sociales y que sirve para consolidar el poder de actores armados en contextos de baja gobernanza. Ignorar este carácter funcional conduce a respuestas parciales que alivian síntomas, pero no alteran las causas que sostienen la violencia.

En primer lugar, la violencia sexual se revela como un instrumento de control territorial y social. A través del miedo, del estigma y de la fragmentación comunitaria, los grupos armados limitan la capacidad de resistencia de las poblaciones y moldean sus decisiones cotidianas. Abordar esta dimensión exige analizar los patrones diferenciados de cada actor y entender las lógicas que guían su uso de la violencia.

En segundo lugar, la vinculación con las economías de guerra explica la persistencia de estas prácticas. Mientras los matrimonios forzados, la extorsión, la trata y el secuestro de personal humanitario sigan generando recursos y reforzando la capacidad de coerción de los grupos armados, los incentivos para abandonar la violencia sexual serán escasos. Cualquier estrategia de prevención debe incorporar medidas que aumenten los costes y reduzcan los beneficios de estas prácticas.

En tercer lugar, la respuesta institucional y humanitaria presenta avances, pero continúa siendo fragmentada y desigual. La falta de marcos legales adaptados, de unidades especializadas, de financiación estable y de sistemas de datos seguros limita la capacidad de los estados para proteger a las personas supervivientes y perseguir a los perpetradores. La dependencia de proyectos de corta duración y la insuficiente integración entre salud, protección, justicia y medios de vida reducen la eficacia de las intervenciones.

Por último, el papel de las comunidades y de las organizaciones locales resulta decisivo. Sin su participación activa en la identificación de riesgos, en la construcción de rutas seguras, en la ruptura del estigma y en la exigencia de rendición de cuentas, las estrategias diseñadas desde fuera difícilmente producirán cambios sostenibles. Las personas supervivientes deben ocupar un lugar central en la definición de prioridades y en la evaluación de resultados.

La violencia sexual como táctica de guerra empezará a retroceder cuando el coste político, militar y social para los perpetradores sea mayor que los beneficios que obtienen. Alcanzar ese punto requiere voluntad política sostenida, reformas legales coherentes, recursos adecuados y un compromiso real con la dignidad y la agencia de las personas afectadas. El Sahel ofrece un escenario particularmente complejo, pero también espacios de resiliencia y de innovación comunitaria que pueden y deben formar parte de la respuesta.

 

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                                                                                                              Ana Isabel Díaz Delgado  

                                                                                                        Directora de Minerva Institute. 

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