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¿VALE MÁS LA IMAGEN DE UN PAÍS QUE SU EJÉRCITO? LA DIPLOMACIA PÚBLICA COMO HERRAMIENTA ESTRATÉGICA DE PODER

Resumen

Este artículo analiza la relación entre poder militar y diplomacia pública en el sistema internacional contemporáneo, destacando cómo la capacidad de un Estado para proyectar una imagen legítima y atractiva puede condicionar la eficacia, el coste político y la legitimidad de su poder material. A partir del concepto de soft power desarrollado por Joseph Nye, el texto sostiene que la diplomacia pública no sustituye a las capacidades militares, sino que las complementa al generar credibilidad, cooperación y apoyo internacional. Mediante los casos de Ucrania, Estados Unidos, Vietnam e Irak, se muestra cómo la percepción internacional y la coherencia entre discurso y acción pueden reforzar o erosionar la influencia de un Estado. El artículo concluye que, en un entorno marcado por la interdependencia y la comunicación digital, la capacidad de persuadir constituye un elemento esencial del poder contemporáneo.

Palabras clave

Diplomacia   pública,   poder   militar,   soft   power,   hard power, legitimidad internacional, poder estatal, opinión pública global, comunicación digital.

*NOTA: Las opiniones contenidas en este documento son responsabilidad de su autor, sin que necesariamente concuerden con las líneas de pensamiento de Minerva Institute.

 

IS A COUNTRY’S IMAGE MORE VALUABLE THAN ITS ARMY? PUBLIC DIPLOMACY AS A STRATEGIC TOOL OF POWER

 

Abstract

This article examines the relationship between military power and public diplomacy in the contemporary international system, highlighting how a state’s ability to project a legitimate and attractive image can shape the effectiveness, political costs, and legitimacy of its material power. Drawing on Joseph Nye’s concept of soft power, the article argues that public diplomacy does not replace military capabilities, but rather complements them by generating credibility, cooperation, and international support. Through the cases of Ukraine, the United States, Vietnam, and Iraq, the article demonstrates how international perceptions and consistency between discourse and action can strengthen or undermine state influence. The article concludes that, in an international environment characterized by interdependence and digital communication, the ability to persuade constitutes an essential component of contemporary power.

 

Keywords

Public   diplomacy,   military   power,   soft   power,   hard            power,         international legitimacy, state power, global public opinion, digital communication.

 

Para citar este artículo (APA 7ª edición)

Fernández Romero, A. (2026). ¿Vale más la imagen de un país que su ejército? La diplomacia pública como herramienta estratégica de poder. Minerva Institute. Documento de información 35/2026. Enlace web y RRSS. (consultado día/mes/año)

 

Introducción

 

En el sistema internacional del siglo XXI, el concepto de poder ha experimentado una transformación estructural. Plantear si la imagen de un país posee mayor valor que su capacidad militar supone una dicotomía simplista, ya que ambos elementos se encuentran profundamente interrelacionados. La tesis que aquí se sostiene es que la diplomacia pública no sustituye al poder militar, pero condiciona de manera decisiva su eficacia, su coste político y su legitimidad internacional. En un contexto de interdependencia compleja y comunicación digital permanente, la capacidad de moldear percepciones se ha convertido en un componente esencial del poder estatal. La opinión pública global, amplificada por las redes digitales, actúa hoy como un actor indirecto capaz de legitimar o cuestionar las acciones de los Estados en tiempo real.

 

Diplomacia pública

 La diplomacia pública puede definirse como el conjunto de estrategias mediante las cuales un Estado gestiona su entorno internacional a través del compromiso directo con públicos extranjeros. En la teoría de Joseph Nye, constituye el principal instrumento para desplegar el soft power, entendido como la capacidad de obtener resultados mediante la atracción y no la coerción.

La imagen internacional de un Estado actúa, por tanto, como un multiplicador del poder material. Cuando sus acciones son percibidas como legítimas, disminuyen los costes de coerción y aumenta la predisposición a la cooperación multilateral. Además, la diplomacia pública permite influir indirectamente en terceros gobiernos mediante la movilización de sus sociedades civiles, generando presiones internas que pueden traducirse en apoyo político, económico o militar.

El caso de Ucrania en 2022 ilustra con claridad esta dinámica. Frente a la invasión de Rusia, su estrategia comunicativa digital no solo reforzó la moral interna, sino que construyó una narrativa de legitimidad basada en la defensa de la soberanía y el derecho internacional. Esta narrativa facilitó la movilización de apoyo financiero y militar por parte de múltiples Estados occidentales. En la era de la información, la credibilidad se convierte así en un recurso estratégico cuya pérdida puede resultar más costosa que la de capacidades materiales.

Estados Unidos se encuentra en una posición dual dentro del sistema internacional. Aunque sus acciones militares suelen justificarse mediante el recurso al soft power, esta legitimación sólo resulta efectiva cuando los objetivos de la intervención son claros, limitados y cuentan con respaldo tanto interno como internacional. Esto suele suceder en operaciones rápidas y de duración acotada, donde la narrativa política logra sostener el consenso. Como en el caso de Venezuela en la extracción de Maduro, en el cual la operación recibió apoyo nacional e internacional. Sin embargo, cuando la intervención se prolonga en el tiempo, los costes humanos, económicos y políticos se hacen más visibles y erosionan progresivamente el apoyo público, tanto dentro del país como en la comunidad internacional. Un ejemplo paradigmático de esta dinámica fue la guerra de Vietnam, donde la extensión del conflicto y la falta de resultados claros deterioraron gravemente la credibilidad y la legitimidad de la actuación estadounidense.

En el caso de Irak bajo el mandato de Saddam Hussein, la invasión de Kuwait en 1990 no contó con ningún respaldo de la comunidad internacional. A diferencia de otras potencias que intentan legitimar sus acciones mediante el soft power, Irak carecía de atractivo político y credibilidad moral, su régimen autoritario y su historial de violaciones de derechos humanos impedían construir una narrativa legitimadora. La anexión fue percibida como un acto claramente expansionista, lo que llevó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a condenar la acción y autorizar una coalición internacional en el marco de la Guerra del Golfo. La ausencia de soft power facilitó así un consenso casi unánime en su contra.

 

Conclusión

 Es por esto que la diplomacia pública presenta límites estructurales. La coherencia entre discurso y acción constituye su condición de posibilidad. Una estrategia reputacional sólida se desmorona cuando las prácticas estatales contradicen los valores que se proyectan. Asimismo, el poder blando no puede operar en el vacío, sino que requiere una base mínima de seguridad garantizada por capacidades materiales. La experiencia de potencias con elevada influencia reputacional, como Alemania o Japón, demuestra que su desarrollo como referentes normativos ha sido posible en un entorno de seguridad respaldado por alianzas estratégicas, especialmente bajo el paraguas de Estados Unidos. En línea con Nye, el poder blando no sustituye al poder duro, sino que lo complementa y lo legitima.

La imagen de un país no vale más que su ejército, pero sí determina cuánto vale su ejército. La capacidad militar puede imponer decisiones, pero solo la diplomacia pública puede dotarlas de legitimidad y convertirlas en influencia duradera. En un entorno internacional interdependiente y vigilado por una opinión pública global, el poder que no es percibido como legítimo se vuelve costoso, inestable y estratégicamente limitado. La diplomacia pública no elimina la necesidad de fuerza, pero redefine su eficacia. Por ello, la verdadera ventaja estratégica de un Estado contemporáneo no reside únicamente en su capacidad de disuasión, sino en su capacidad de persuadir.

 

                                                                                   Ariadna Fernández Romero

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