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Monitorizando esta semana: Evolución estratégica en el Sahel y desinformación en Europa

El colapso del Siglo XXI La policrisis sistémica y el efecto embudo

Resumen

El actual estado de las relaciones internacionales donde existe una policrisis a la
conflagración global, con diversos focos de tensiones en Europa, Oriente Medio,
Taiwán ha provocado que las organizaciones internacionales y las potencias
globales alcancen una saturación de capacidades que impide una verdadera
gestión de crisis efectiva. Una posibilidad más que escala hacia un colapso del
sistema de normas heredado de la Segunda Guerra Mundial, que puede concluir
en una posible solución más sencilla que implique la violencia.


A esto se une, la potenciación de los puntos de estrangulamiento en el Mar Rojo
o el Estrecho de Ormuz que actúa como un embudo físico para la economía
global catalizando un camino inmediato hacia el caos que puede derivar en un
cisne negro de gran impacto que resulte de una escalada inadvertida y lleve a
un potencial conflicto globalizado entre las grandes potencias.

Palabras clave:

Cisne negro, colapso, gestión de crisis, puntos de
estrangulamiento, policrisis.

The Collapse of the 21st Century. The funnel effect of the systemic polycrisis.
Abstract

The current state of international relations, marked by a polycrisis leading to
global conflagration, with various hotspots of tension in Europe, the Middle East,
and Taiwan, has caused international organizations and global powers to reach
a saturation point that prevents truly effective crisis management. This is yet
another possibility that is escalating towards a collapse of the system of norms
inherited from World War II, which may result in a simpler solution involving
violence.


Added to this is the strengthening of choke points in the Red Sea and the Strait
of Hormuz, which act as a physical funnel for the global economy, catalyzing an
immediate path to chaos that could result in a high-impact black swan event
resulting from an unnoticed escalation and leading to a potential globalized
conflict between the major powers.

Key words:

Black swan, breakdown, chokepoints, crisis management, polycrisis.

Para citar este artículo (APA 7ª edición)

GÓMEZ SEVILLA, J. El colapso del Siglo XXI.La policrisis sistémica y el efecto
embudo Minerva Institute. Documento de información 19/2026. Enlace web y RRSS. Consultado 25/05/2026

Introducción

Kenneth Walt ya anticipó que ante la ausencia de un hegemón claro en el
sistema internacional, podían generarse escenarios de inestabilidad estructural.
En otras palabras, una multipolaridad desequilibrada donde la ausencia de una
potencia global clara provoca discrepancias y tensiones que pueden llevar a una
escalada en la violencia.


Es tanto así que, en la actualidad, la transición sistémica hacia la multipolaridad
desequilibrada ha desencadenado una serie de conflictos regionales que, sin
estar directamente conectados entre sí, evidencian de manera inequívoca una
competición estratégica que erosiona los pilares del orden liberal posterior a la
Segunda Guerra Mundial. El agotamiento de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU) y, en especial, la ineficacia del Consejo de Seguridad debido al
derecho a veto que tienen las mismas potencias que incumplen las disposiciones
establecidas por el Derecho Internacional Público dan como resultado una
inacción que evidencian un estancamiento de este sistema que pocos visos tiene
de restablecer su vigencia en el corto plazo.



Del mismo modo, la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) también
muestra signos de debilitamiento que se traducen en una desunión estructural y,
una crisis de identidad que lleva a la falta de objetivos conjuntos y la reducción
de su credibilidad disuasoria agravada por el giro estratégico estadounidense
hacia el Indo-pacífico y, el impulso de la Unión Europea sobre la cuestión
autonomía estratégica.


Por otro lado, la guerra de Ucrania ha sufrido un estancamiento que, al contrario
de generar las condiciones para una posible negociación de paz, los reiterados
intentos de esta ofrecen una oportunidad a Rusia para ganar tiempo y
reorganizar sus capacidades ofensivas, disminuyendo las probabilidades de un
final cercano a la guerra (Franco, 2026, págs. 13-15). A esto se une un nuevo
frente de inestabilidad en Oriente Próximo con la reciente guerra en Irán que ha
provocado una respuesta por parte del régimen que ha implicado el cierre parcial
del Estrecho de Ormuz, y recientemente del Estrecho de Bab el Mandeb. Una
respuesta multifrontal que implica ataques a países del golfo, lanzando ofensivas desde el Líbano con Hezbolla, y las milicias Hutíes en Yemen e incluso
realizando ataques contra países miembros de la OTAN (Utucu, 2026)
internacionalizando un conflicto con el objetivo de presionar a Estados Unidos a
través de la erosión de la economía mundial.


A su vez, las tensiones en el mar de China y el estrecho de Taiwan, pueden
suponer una falla tectónica en el orden internacional en el año 2026, con la
normalización de las maniobras militares chinas en el estrecho (Observatorio de
política China, 2025, págs. 15-17), junto con un incremento de la carrera de
armamentos donde Taiwán ha elevado su gasto militar a un 3,3%de su PIB y
está en proceso de adquirir un paquete de armas de EEUU con un valor de
20.000 millones de dólares (Écija, 2025). A lo que se une una política agresiva
china para ampliar su zona económica exclusiva (ZEE) en el mar de China, a
través de la construcción de varias islas artificiales militarizadas con el objetivo
de obtener los valiosos recursos económicos que subyacen en el fondo marino1.

Esto ha tenido como consecuencia el retorno de una competición por los
recursos físicos de la zona aunque, las sinergias y tensiones con el eje EEUUFilipinas
y la introducción de nuevos competidores como Vietnam, ha generado
reacciones en las instituciones niponas que, bajo el nuevo liderazgo de la 1º
Ministra Sanae Takaichi, Japón ha pasado a una postura de disuasión activa
aumentando su presupuesto en defensa por encima del 1% (Europa Press
Internacional, 2025) abriendo un nuevo foco de tensión y rivalidad regional entre
potencias.


La interconexión de las alianzas actuales, junto con los efectos perniciosos de
los conflictos que se han potenciado con la globalización pueden plantear un
efecto embudo donde la capacidad de maniobra de las potencias se estrecha
hasta la parálisis, al agotarse la vía diplomática y saturarse de recursos de
intervención. La integridad del sistema internacional queda entonces, a merced
de un cisne negro que podría materializarse, en un entorno tan volátil, como una
escalada inadvertida en estos estrechos estratégicos, probando que el orden liberal no está muriendo por la erosión lenta, sino a través de una fractura súbita
y catastrófica en la cual, ya no existen amortiguadores.


Por tanto, cabe preguntarse lo siguiente: ¿Es posible que la actual saturación de
capacidades no sea un estado transitorio, sino el preludio de una ruptura
sistémica donde un evento de tipo ‘cisne negro’ en un punto de estrangulamiento
actúe como el disparador de una solución violenta ante la inoperancia del
Derecho Internacional? 

1La vulnerabilidad energética de China, subraya que, a pesar de sus reservas estratégicas, la dependencia
del 85% de crudo importado vía marítima empuja a Pekín a una explotación agresiva de los 11.000 millones
de barriles estimados en el Mar de China Meridional, transformando la zona en un polvorín geoeconómico
(U.S. Energy Information Administration, 2024).

De la multipolaridad de Waltz a la policrisis sistémica, la boca del embudo

La existencia de un hegemón mundial ha sido escasa a lo largo de la historia
pues, conseguir la superioridad abrumadora con respecto de otros competidores
requiere de unas circunstancias concretas que determinen la existencia de esta
posibilidad y, el final de la Guerra Fría trajo a Estados Unidos como nuevo
hegemón mundial. Un Estado centralizador que construyó el actual sistema
financiero, que alcanzó la superioridad productiva y comercial gracias a la
ventajosa infraestructura científico-tecnológica de la que gozó durante más de
20 años, pero, que, en la última década, ha visto su hegemonía cuestionada por
nuevas potencias en ascenso que no están de acuerdo con el actual status quo
y quieren su porción de influencia.


En este contexto, China, un país que hasta la década de 1970 era considerado
como un Estado en desarrollo rodeado de problemas internos que impedían su
potenciación exterior, con el aperturismo iniciado por Deng Xiaoping China pasó
a ser “la fábrica del mundo”. Se estableció un modelo económico alternativo a
través del socialismo con características chinas para reconducir los recursos a áreas críticas como la Inteligencia Artificial, la gestión de recursos naturales, o
los microchips, permitiendo así mantener una guerra a largo plazo donde las
economías occidentales tienen serios problemas para competir (Wire, 2023).
Tanto es así que, Estados Unidos, se enfrenta a una paradoja estratégica porque
para competir con el modelo chino de planificación centralizada a largo plazo que
responde a objetivos establecidos por los tecnócratas debe traicionar a los
principios del liberalismo clásico que cimentó en 1945. 

Esta transición se evidencia con la adopción de políticas intervencionistas como
la “Chips and Science Act”2, diseñada para reforzar la producción doméstica de
semiconductores y reducir la dependencia de cadenas de suministros
extranjeras, intentando replicar esta capacidad de planificación china bajo el
lastre de un elevado déficit público y una polarización política interna que
fragmenta y dificulta la toma de decisiones. A su vez, la dificultad de alinear los
incentivos financieros y empresariales propios de una economía de mercado con
los objetivos geopolíticos del Estado contrasta con un modelo Chino que permite
una coordinación más directa y centralizada. Mientras que, el sistema económico
estadounidense, depende en mayor medida de las decisiones descentralizadas
adoptadas por los intervinientes privados del mercado.

Por otra parte, la Federación Rusa después de los años de ostracismo y colapso
económico que siguieron a la caída de la Unión Soviética, ha logrado
reintroducirse en el tablero internacional como un actor con una marcada agenda
revisionista. Bajo el liderazgo de Vladimir Putin, se inició una política exterior
expansionista, marcada por un claro desafío a la arquitectura de seguridad de la
OTAN en Europa, a través de la instrumentalización de sus recursos energéticos
junto al uso de estrategias híbridas y en la zona gris que, sumando sus
capacidades militares, busca recuperar establecer una esfera de influencia en
los antiguos territorios soviéticos donde la intervención en Georgia (2008) y la
actual guerra de Ucrania han sido sus mayores exponentes.

En este sentido, desde una perspectiva estratégica, el diseño de las fuerzas
armadas del conjunto de los países europeos que han colaborado con Ucrania
ha mostrado claras insuficiencias que la resiliencia rusa ha podido contrarrestar
gracias a su superior potencial productivo, actuando, así como un yunque
estratégico que desgasta los recursos logísticos y financieros de occidente. Pero,
como contrapartida los Estados europeos han iniciado un periodo de rearme que,
más allá de las posibles deficiencias de su desarrollo y sus probabilidades de
éxito, supone un foco de tensiones que intenta ser balanceado a través del
2 Statute at Large 136 Stat. 1366 – Public Law No. 117-167 (08/09/2022)
7
incremento del poder relativo que genera una espiral ofensiva en un momento de extrema fragilidad sistémica.
De este modo, Moscú ha logrado convertir el conflicto de Ucrania en un
catalizador de la saturación de capacidades de Occidente, obligando a Estados
Unidos a dividir su atención entre la contención de Rusia en el flanco este
europeo y la competición con China en el Indo-Pacífico.

Por otra parte, las tensiones en el Mediterráneo y Oriente Medio contribuyen a la
multipolaridad desquilibrada. Israel ante las presiones ejercidas en los últimos
años por Irán y sus facciones satélites ha justificado una política expansionista
que ha trascendido de la tradicional confrontación en las sombras a un escenario
de desgaste que desafía los límites de la disuasión regional. Ha desarrollado así
una doctrina de supervivencia existencial que intenta acabar con la influencia del
eje persa a través de una campaña de ataques preventivos y una expansión de
su espacio de influencia con la creación de distintas áreas de amortiguación
(buffer zones). En paralelo su contra parte iraní ha perfeccionado la guerra de
salvas haciendo de esta, una estrategia multifrontal que ha conseguido superar
la defensa israelí en varias ocasiones.

El desarrollo del programa nuclear iraní, junto con el programa de vectores
balísticos, supone una amenaza existencial para el Estado Israelí que se ve
agravada por la palanca de presión que Irán está ejerciendo con los bloqueos de
Ormuz y Bab el-Mandeb, internacionalizando el conflicto y, transformándose en
una pieza clave para conforma una suerte de embudo que conflagra los actuales
conflictos y, un punto de ruptura donde un cisne negro podría desencadenar una
fractura súbita y el estallido de un conflicto directo entre grandes potencias.

En base a esto, la generalización de la política de los hechos consumados junto
con la evidente interconexión sistémica genera lo que puede definirse como un
efecto embudo en la arquitectura de seguridad internacional. En esta dinámica,
la acumulación de crisis regionales converge en un estrechamiento de
capacidades para gestionar las crisis que dejan poco margen de maniobra a la
vía diplomática perdiendo el sistema su capacidad de resistencia a los choques
y su elasticidad manifestándose de forma crítica en los puntos de estrangulamiento de Ormuz y tal vez en un futuro, el estrecho de Malaca por donde pasan el 70% de las importaciones chinas conectando Asia con los exportadores de petróleo de Oriente Medio (Pera, 2025), siendo este un escenario ideal para que surja un cisne negro para una conflagración global.


El cisne negro. Un detonante para el colapso.

Al realizar un análisis prospectivo, siempre surgen escenarios que determinan
su viabilidad en base a parámetros probabilísticos, pero, que, sin embargo,
siempre dependen en pequeña medida del azar. Es tanto así que, haciendo
retrospectiva histórica, existen diversos antecedentes que validan esta
información; Tal vez, uno de los más estudiados sea el estallido de la Primera
Guerra Mundial con el asesinato de un archiduque en una provincia remota de
los Balcanes, o más recientemente, los atentados del 11 de septiembre que
modificaron la forma de ver el terrorismo y destruyeron la imagen de
invulnerabilidad del hegemón mundial.

Como se ha mostrado en los apartados anteriores, la fragilidad sistémica
evidenciada por la transición hacia un mundo multipolar dificulta el uso de los
tradicionales canales de comunicación que en un pasado podían aliviar
tensiones, se han vuelto de forma sobrevenida inservibles por lo que, un
incidente menor, podría convertirse en un punto de ruptura inevitable por cuatro
razones fundamentales:

• Saturación de capacidades: Las potencias destinan recursos a distintos
frentes, pueden haber alcanzado un estado de agotamiento estratégico
que impiden desplegar recursos de mediación efectivos ante un nuevo
imprevisto.
• Inoperancia institucional: La inoperancia de las Naciones Unidas impide
la gestión multilateral de futuras crisis por lo que, la opción violenta se
impone sobre la vía diplomática.
• Dependencia de los Estrechos: Dado que más del 90% del comercio
global (Gobierno de España, 2026) pasa por vía marítima a través de
diversos estrechos, cualquier altercado que afecte a su estabilidad puede desembocar en una intervención militar para asegurar su supervivencia
económica.
• Disuasión multiinestable: La proliferación de sistemas de armas de largo
alcance, desequilibran la estabilidad estratégica provocando un mayor
protagonismo de las pequeñas potencias nucleares y no nucleares, que
gracias a estas tecnologías disponen de las capacidades necesarias para
que conflictos locales, puedan tener alcances intercontinentales
complicando aún más el cálculo estratégico (Pulido, 2025, págs. 118-
119).
Siguiendo este razonamiento, el conflicto en Irán supone un peligro latente. Un
posible detonante que sirva como catalizador para internacionalización de los
distintos conflictos regionales en los que diversas potencias mundiales están
involucradas.

Irán: De la revolución Islámica al eje de conector de conflictos globales

Desde una perspectiva geopolítica, la posición iraní tiene una posición
estratégicamente privilegiada. Situado en el corazón de Eurasia, se constituye
como el eje conector donde convergen el Oriente Medio, Asia Central, y el
subcontinente indio, funcionando como un puente geográfico entre el golfo
pérsico, el Cáucaso, y Asia Central.
Gracias a esto, Teherán se atribuye el papel de pivote geopolítico que controla el Estrecho de Ormuz, un centro de gravedad por donde circula el 20% del
petróleo mundial, un tercio del gas licuado y gran parte del comercio energético
hacia Asia, y que puede ser bloqueado o interrumpido amenazando el flujo
energético global.


Además, aunque Irán no tiene salida directa al Mar Rojo, su apoyo a las milicias
hutíes en Yemen le dan influencia sobre el Estrecho de Bab el-Mandeb y por
tanto a la entrada del Canal de Suez, lo cual significa que puede afectar a dos
puntos de estrangulamiento simultáneamente.
A nivel político, Irán se constituye como una teocracia islámica desde el año
1979, que combina un sistema híbrido donde instituciones republicanas y teocráticas juegan un equilibrio de poder a través de la llamada Guardia Revolucionaria. Una fuerza militar que se constituye como un cuasi Estado paralelo, que controla infraestructuras críticas, un conglomerado económico propio, y capacidades militares estratégicas como drones, misiles balísticos y operaciones exteriores, diseñado para crear un sistema que resista las presiones externas que, junto con una ideología de resistencia ciertos riesgos como el bloqueo de los estrechos, o la respuesta militar sean políticamente aceptables.

Esta arquitectura política, altamente centralizada y resistente a presiones
externas, permitió a Irán proyectar poder más allá de sus fronteras, gracias a lo
cual, tras la invasión de Irak en 2003 y las primaveras árabes, Irán obtiene una
ventaja estratégica significativa frente a sus rivales árabes, sólo contrapesada
por Israel y Arabia Saudí. Por este motivo, Teherán potencia una red de actores
armados regional con el objetivo de proyectar poder sin arriesgarse a una guerra
directa.
Paralelamente, el desarrollo del programa nuclear iraní que a partir de la década
de 1990 adquirió una dimensión geopolítica crítica que ha complicado el cálculo
estratégico en la región que se ha acrecentado en las últimas décadas. Orientado
hacia una lógica de autosuficiencia estratégica que se vio acelerada por la guerra
contra Irak cuando el uso de armas químicas por parte de Bagdad y la inacción
internacional consolidaron en Teherán la convicción de que sólo una capacidad
disuasoria autónoma garantizaría su supervivencia. No fue hasta la firma del
acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) cuando la diplomacia consiguió contener el
avance de este, limitando el enriquecimiento de uranio y sometiendo las
instalaciones a inspecciones intrusivas de la Organización Internacional de la
Energía Atómica (OIEA). Sin embargo, la retirada estadounidense del acuerdo
en el año 2018 reactivo la escalada nuclear incrementando progresivamente sus
niveles de enriquecimiento situándose en el año 2026 en el umbral nuclear,
probablemente capaz de producir material fisible en un periodo reducido de
tiempo (Ruiz, 2025, pág. 169). A esto se suma las declaraciones del fallecido
Kamal Kharrazi que en noviembre de 2024 que, si bien es cierto que Irán se
abstiene de desarrollar armas nucleares, su postura podría cambiar si el régimen se enfrenta a una amenaza existencial (Ruiz, 2025, pág. 165)
11
En este contexto, Israel que tiene una concepción constante en la que su
existencia se ve amenazada, considera inaceptable la posibilidad de un Irán con
capacidades nucleares. Lo cual unido a la creciente a las milicias regionales
activas y la capacidad iraní de influir en los principales puntos de
estrangulamiento marítimo incrementa el riesgo de un ataque preventivo israelí
desencadenando una crisis global difícil de contener.

La guerra actual constituye una manifestación directa de esta dinámica: Israel ha
intensificado sus ataques con el objetivo de frenar el eje iraní, involucrando a
Estados Unidos en el proceso. Washington, descontento con el avance del
programa nuclear iraní y con un trasfondo estratégico orientado probablemente
a limitar el creciente protagonismo chino en la región, se ve arrastrado a un
escenario de confrontación que trasciende el ámbito estrictamente regional, lo
cual, ha tenido como consecuencia una expansión del conflicto regional sin
precedentes, alcanzando cotas internacionales en cuanto al impacto comercial
se refiere.
No obstante, el alto el fuego anunciado entre el 7 y 8 de abril parece dar un
respiro para la suspensión temporal de las hostilidades, sin embargo, las
exigencias de ambas partes no se han visto satisfechas por lo que la
administración estadounidense en un giro de los acontecimientos ha decidido
establecer un segundo bloqueo en Ormuz, impidiendo que los aliados de Irán
puedan transitar por el Estrecho tenido repercusiones inmediatas.

El ministro de Defensa chino, el Almirante Dong Jun, afirmó en recientes
declaraciones que el tránsito de sus buques se mantendrá en el Estrecho de
Ormuz (Tixon, 2026), subrayando que China garantizará sus intereses
energéticos como una forma de disuasión diplomática que reduce el margen de
maniobra estadounidense para imponer controles absolutos sin riesgo a una confrontación directa.

Se constituye así un escenario de riesgo, donde las acciones estadounidenses
pueden provocar que Pekín responda enviando buques escoltas u otro tipo de
medidas de protección para convoyes, complicando la gestión multilateral del
estrecho. Aunque recientemente, China, según evaluaciones de inteligencia citadas por varios medios, estaría preparando la transferencia de sistemas de
defensa aérea, incluidos los portátiles MANPADS, sin embargo, no existen
confirmaciones oficiales por parte del gobierno chino (Baio, 2026).

Por otro lado, dentro de la lógica estadounidense la intervención en Irán
responde a una jugada dentro de su gran estrategia de reorientación hacia Asia.
Teniendo en cuenta que la invasión de Venezuela y, por tanto, la intervención de
todos los recursos extractivos de petróleo venezolano consolida a dicha potencia
como un Estado autosuficiente en cuanto al crudo se refiere, supone que
adquiere una posición de potencial exportador hacia países que carecen de
dichos recursos. En otras palabras, la intervención en Irán, aunque pueda haber
sido probablemente acelerada por Israel, tiene como consecuencias inmediatas
con el doble bloqueo de Ormuz, que China deba buscar socios exportadores
alternativos que satisfagan su ingente demanda de estos recursos y ante esto
Estados Unidos se consolida como una autoridad mercantil.

Es tanto así, que, haciendo una analogía histórica, la década de 1930 supuso
una lección ejemplificante sobre como la guerra económica puede conducir a
una escalada inadvertida. En este sentido, cuando Estados Unidos tomo
consciencia sobre como la venta de petróleo y chatarra a Japón estaba
sustentando la maquinaria de guerra de este, acabó con el Tratado de comercio
de 1911, a lo que le siguieron el embargo total de petróleo y la congelación de
activos en 1941, produciendo en la élite nipona un dilema de seguridad que
condujo al ataque de la base de Pearl Harbor el 7 de diciembre, y, posteriormente
a la unión de los frentes del Pacífico, Asia, Oriente Medio y, Europa dando paso
a la Segunda Guerra Mundial.

No se puede afirmar, por el contrario, que el actual escenario se sitúe en la
misma tesitura. Pero si demuestra que un error de cálculo estratégico puede
cerrar el embudo dado las actuales condiciones, derivando en las siguientes
posibilidades:

1. Desguarnecimiento estadounidense del Océano Pacífico, que supone
una vulnerabilidad estratégica que puede ser aprovechada por China para apropiarse de Taiwan.
13

2. Un bloqueo del Estrecho de Ormuz que continue en el tiempo, puede
llegar a suponer un colapso del mercado provocando una recesión
económica mundial, sin existir alternativas viables para la sustitución del
suministro de hidrocarburos (Burguete, 2026)

3. Un enfrentamiento directo entre un convoy chino y la marina
estadounidense por el acceso al estrecho podría generar una crisis
diplomática sin precedentes que pueda llevar a una espiral ofensiva que
acerque el punto de ruptura.

4. La caída del régimen iraní, sin la efectiva intervención de sus capacidades
nucleares potenciará el tráfico ilegal de material fisible pudiendo caer este,
en manos de organizaciones terroristas u otros actores no estatales.

Conclusiones

Teniendo en cuenta la pregunta con la que se inició este trabajo, la actual
situación evidencia que la fragilidad sistémica del orden liberal establecido tras
la Segunda Guerra mundial desmiente aquellas teorías que hablan de un
aletargamiento de las instituciones moderadoras y las tradicionales alianzas que
sustentaban el entramado burocrático de las Naciones Unidas gracias un
equilibrio de poder defensivo. Más bien, la falta de capacidad de acción solo
revela que la ficción jurídica en la que se sustentaba la teoría institucionalista de
las relaciones internacionales ha colapsado dando paso a una política de los
hechos consumados. Un retorno a la competición estratégica que a diferencia de
la guerra fría no tiene un equilibrio de poder claro gracias a su potenciación
tecnológica que obliga a transformar las concepciones clásicas de la disuasión,
lo cual, llevado al terreno se traduce en una regionalización de los conflictos pero
que de forma antinómica tiene repercusiones globales potenciando así
escenarios donde la solución violenta sea una posibilidad.
Por estos motivos, los actuales conflictos de Ucrania, Taiwan, e Irán no deben
entenderse de forma aislada, sino como nodos de una policrisis sistémica
potenciada por la vulnerabilidad de puntos de estrangulamiento como Ormuz,
creando un efecto embudo que satura las capacidades de respuesta de los
grandes jugadores geopolíticos. 

En este entorno de saturación, el equilibrio del sistema internacional queda a merced de un cisne negro que actúe como disparador de una fractura súbita y catastrófica que lleve a un enfrentamiento directo entre estas grandes potencias confirmando una ruptura inminente ante la falta de mecanismos de amortiguación efectivos.

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                                                                                                              Jorge Gómez
                                                                                              Analista de Minerva Institute

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