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Monitorizando esta semana: Evolución estratégica en el Sahel y desinformación en Europa

Veinticinco años del 11-S. La memoria frente a la desinformación

Resumen

El 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda asesinó a 2.977 personas en los atentados cometidos contra el World Trade Center, el Pentágono y el vuelo 93. Veinticinco años después, el homenaje debe devolver a las víctimas su dimensión humana, reconocer el valor de quienes acudieron en su ayuda y acompañar a quienes todavía sufren las consecuencias de aquel día. La memoria del 11-S también ha sido atacada mediante rumores, falsedades y narrativas conspirativas que desplazan la responsabilidad de los terroristas, convierten el dolor en espectáculo y someten a las familias a una forma añadida de revictimización. Preservar la verdad de lo ocurrido no impide investigar las decisiones políticas adoptadas antes y después de los atentados. Exige distinguir la crítica sustentada en pruebas de la sospecha que se protege a sí misma frente a cualquier evidencia. En una sociedad donde una nueva generación conoce el 11-S a través de plataformas digitales, recordar con rigor se convierte en una obligación democrática.

Palabras clave 11-S, víctimas del terrorismo, memoria, desinformación, teorías conspirativas.

Abstract

On September 11, 2001, Al Qaeda murdered 2,977 people in the attacks against the World Trade Center, the Pentagon and Flight 93. Twenty-five years later, commemoration must restore the victims’ human dimension, recognize the courage of those who came to their aid and stand with everyone who still suffers the consequences of that day. The memory of 9/11 has also been targeted by rumors, falsehoods and conspiracy narratives that shift responsibility away from the terrorists, turn grief into spectacle and subject families to an additional form of revictimization. Preserving the truth does not prevent scrutiny of the political decisions made before and after the attacks. It requires a clear distinction between evidence-based criticism and suspicion that shields itself from all contrary evidence. As a new generation encounters 9/11 mainly through digital platforms, rigorous remembrance has become a democratic duty.

Keywords 9/11, victims of terrorism, remembrance, disinformation, conspiracy theories.

Introducción

Hay fechas que pertenecen a la historia y otras que permanecen también en la memoria personal. El 11 de septiembre de 2001 es una de ellas. Quienes vivieron aquel día recuerdan dónde estaban cuando el primer avión impactó contra la Torre Norte, cuándo comprendieron que el segundo impacto no era un accidente y cómo contemplaron, casi sin poder asimilarlo, el derrumbe de las Torres Gemelas. Veinticinco años después, aquellas imágenes siguen formando parte de una herida colectiva que no pertenece únicamente a Estados Unidos.

Diecinueve terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó cerca de Shanksville, en Pensilvania, después de que sus pasajeros y tripulantes se enfrentaran a los secuestradores. Fueron asesinadas 2.977 personas. Entre ellas había trabajadores que acababan de llegar a sus oficinas, viajeros, tripulaciones, personal de seguridad, bomberos, policías y profesionales de emergencias. Detrás de esa cifra existen 2.977 vidas, familias, proyectos y ausencias que todavía pesan.

El homenaje comienza precisamente ahí, en devolver a cada víctima su condición humana frente a la fuerza abrumadora de unas imágenes que, repetidas durante años, pueden convertir la tragedia en una secuencia conocida. Los nombres grabados en el Memorial de Nueva York impiden esa abstracción. Recuerdan que las Torres no estaban vacías, que los aviones no eran símbolos y que el Pentágono no fue solamente un objetivo estratégico. En todos esos lugares había personas.

También hubo coraje y valentía. Mientras miles de ciudadanos trataban de escapar, centenares de miembros de los servicios de emergencia avanzaron hacia el peligro. En el 11-S murieron 441 primeros intervinientes, muchos otros trabajadores de rescate y recuperación, enfermaron después como consecuencia de su exposición en la Zona Cero. Junto al horror quedó la memoria de quienes auxiliaron a desconocidos, compartieron una salida, permanecieron con un compañero que no podía caminar o subieron escaleras sabiendo que otros descendían para salvarse.

Los pasajeros y la tripulación del vuelo 93 protagonizaron otra expresión de esa valentía. Al conocer lo que estaba ocurriendo, decidieron enfrentarse a los secuestradores. No pudieron salvar sus propias vidas, pero evitaron que el avión alcanzara el objetivo previsto en Washington. Su reacción recuerda que incluso en una situación diseñada para producir miedo e indefensión existe un espacio para la decisión humana.

Desinformación, teorías conspirativas y revictimización

El terrorismo pretende matar, pero su propósito no termina en las víctimas directas. Busca imponer una interpretación de la realidad, multiplicar el miedo y demostrar que ninguna sociedad puede sentirse segura. Necesita que el impacto psicológico sobreviva al atentado. Por eso, la disputa por el significado del 11-S comenzó prácticamente al mismo tiempo que las tareas de rescate.

Al desconcierto inicial siguió una proliferación de rumores, falsedades y teorías conspirativas. Algunas negaron la responsabilidad de Al Qaeda, otras sostuvieron que los aviones no habían impactado donde mostraban las imágenes o que los edificios habían sido demolidos de forma controlada. Las investigaciones oficiales, los testimonios, las grabaciones, los restos materiales y los estudios técnicos han establecido lo sucedido con una base probatoria extensa. La Comisión Nacional sobre los Atentados Terroristas contra Estados Unidos (National Commission on Terrorist Attacks Upon the United States) reconstruyó la preparación y ejecución de los ataques. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (National Institute of Standards and Technology, NIST) examinó las causas de los derrumbes y concluyó que los impactos dañaron las estructuras y desprendieron parte de su protección contra el fuego, mientras los incendios posteriores debilitaron su capacidad resistente hasta provocar el colapso.

La existencia de preguntas legítimas sobre las decisiones políticas adoptadas antes y después del 11-S no convierte en legítima cualquier afirmación sobre el atentado. Investigar los fallos de inteligencia, debatir las guerras que siguieron, analizar las restricciones de derechos o exigir responsabilidades forma parte de una sociedad democrática. Sustituir las pruebas por sospechas autosuficientes es otra cosa. Cuando toda evidencia contraria se interpreta como señal del encubrimiento, ya no se está buscando la verdad, sino protegiendo una creencia frente a los hechos.

Internet permitió que esas narrativas encontraran públicos dispersos y formaran comunidades alrededor de una supuesta verdad oculta. Con el paso del tiempo, fragmentos de vídeo descontextualizados, errores de los primeros informativos y preguntas ya respondidas volvieron a circular como si fueran revelaciones nuevas. La repetición fue sustituyendo a la demostración. La duda, que debería ser el punto de partida de una investigación, pasó a utilizarse como conclusión.

Este fenómeno no es ajeno a las víctimas. La desinformación altera el lugar que ocupan en la memoria pública. Desplaza la responsabilidad desde los terroristas hacia actores inventados, transforma la muerte en material para el espectáculo y obliga a los familiares a escuchar que aquello que destruyó sus vidas no ocurrió como ellos lo conocieron. También diluye el significado del heroísmo de quienes respondieron al ataque. Si todo se reduce a una representación, el sacrificio corre el riesgo de convertirse igualmente en ficción.

Hay una forma de revictimización en esa apropiación del dolor ajeno. No siempre adopta el tono abierto de la negación. A veces se presenta como curiosidad, como una pregunta aparentemente inocente o como una invitación a pensar por uno mismo. Pero pensar por uno mismo no significa prescindir de la evidencia. Significa examinarla con rigor, distinguir una laguna de una falsedad y aceptar que la realidad no deja de existir porque una explicación emocionalmente atractiva se comparta millones de veces.

Veinticinco años constituyen también una frontera generacional. Una parte creciente de la población nació después de los atentados y conoce el 11-S a través de vídeos, publicaciones y reconstrucciones digitales. Para esos jóvenes, la primera aproximación puede proceder tanto de un archivo histórico como de una pieza manipulada que circula sin contexto. La memoria ya no se transmite únicamente en las familias, las aulas o los medios. Compite dentro de plataformas donde la provocación suele obtener más visibilidad que la precisión.

Esa distancia temporal aumenta nuestra responsabilidad. Conservar la memoria del 11-S exige preservar documentos, testimonios y nombres, pero también enseñar a reconocer la diferencia entre una investigación y una narrativa conspirativa. No se trata de imponer una versión cerrada de la historia ni de prohibir la crítica. Se trata de impedir que la mentira ocupe el espacio dejado por el olvido.

Conclusiones

El homenaje no debe limitarse a repetir imágenes de destrucción. Debe hablar de las personas que llamaron por última vez a sus familias, de quienes guiaron a otros por escaleras llenas de humo, de los profesionales que entraron cuando todo invitaba a huir y de los pasajeros que decidieron actuar a bordo del vuelo 93. Debe recordar también a los supervivientes y a quienes, años después, continúan padeciendo las consecuencias físicas y psicológicas de aquel día.

Recordar con verdad no borra el dolor, pero protege su significado. Frente al terrorismo, afirma que las víctimas no son instrumentos de una estrategia. Frente a la desinformación, impide que sus vidas sean sustituidas por una ficción. Frente al paso del tiempo, mantiene abierto un vínculo entre quienes estuvieron allí y quienes solo pueden conocerlo a través del relato de otros.

Este 11 de septiembre, los nombres deben estar por encima del ruido. Cada uno representa una vida que el terrorismo quiso reducir a una cifra y que la memoria se niega a abandonar. Veinticinco años después, el compromiso sigue siendo el mismo. Recordar a las víctimas, acompañar a sus familias, honrar a quienes acudieron en su ayuda y defender la verdad de lo ocurrido.

Porque permitir el olvido favorece al terrorismo, y mentir sobre lo sucedido, nos convierte en cómplices de su ataque contra la memoria. Por ellos, por todos.

        

                                                                                                           Ana Isabel Díaz Delgado

                                                                                 Directora de Minerva Institute

 

 Referencias

 

National Commission on Terrorist Attacks Upon the United States. (2004). The 9/11 Commission Report. https://www.9-11commission.gov/report/911Report.pdf

National Institute of Standards and Technology. (2021). FAQs. NIST WTC Towers Investigation. https://www.nist.gov/world-trade-center-investigation/study-faqs/wtc-towers-investigation

National September 11 Memorial & Museum. (s.f.). Events of the Day. https://www.911memorial.org/learn/resources/911-primer/module-1-events-day

National September 11 Memorial & Museum. (s.f.). Memorializing 9/11. https://www.911memorial.org/learn/resources/911-primer/module-5-memorializing-911

Urman, A., Makhortykh, M., Ulloa, R., & Kulshrestha, J. (2022). Where the earth is flat and 9/11 is an inside job. A comparative algorithm audit of conspiratorial information in web search results. Telematics and Informatics, 72, 101860. https://doi.org/10.1016/j.tele.2022.101860

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